¿También está mal sentirse bien cuando ayudas?

Durante las últimas semanas he recibido mensajes de esos que duelen y que te dejan pensando durante días. No los ha recibido Alma Solidaria. Los he recibido yo.
Mensajes de personas que no me conocen y que, a partir de lo que ven en redes sociales, han decidido que soy una “salvadora”, que voy a África por las fotografías con los niños o que formo parte de ese grupo de personas al que algunos llaman “salvadoras blancas”.
No voy a defenderme y tampoco quiero convencer a nadie de cuáles son mis intenciones. Pero sí quiero aprovechar algo que esos mensajes me han provocado: pensar.
Pensar en qué significa realmente ayudar.
Pensar en la diferencia entre ayudar y sentirse salvador.
Y, sobre todo, pensar en una pregunta que se me ha quedado dando vueltas: ¿En qué momento hemos empezado a pensar que ayudar y sentirse bien por hacerlo es algo de lo que deberíamos avergonzarnos?
Las redes sociales nos han hecho creer que lo sabemos todo y quizá este sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
Vemos una fotografía y creemos conocer una historia.
Vemos un vídeo de unos segundos y creemos conocer a una persona.
Vemos a alguien en África junto a un niño y creemos saber por qué está allí.
Pero no lo sabemos. No sabemos qué ha ocurrido antes de esa fotografía. No sabemos qué ocurrirá después. No conocemos las conversaciones que no se publican.
No conocemos los vínculos que no aparecen en una pantalla. No conocemos los años que hay detrás de una imagen.
Y, sin embargo, las redes sociales nos han dado una sensación extraña de conocimiento, como si mirar fuera suficiente para poder juzgar. Gambia no es una fotografía. Para mí, Gambia dejó hace mucho tiempo de ser simplemente un lugar al que viajo.
El proyecto de Alma Solidaria en Gambia comenzó en 2011 y durante todos estos años he construido relaciones que no caben en una publicación de Instagram.
Allí tengo amigos. Tengo personas que considero familia. Personas con las que hablo prácticamente a diario cuando estoy en España. Personas con las que comparto preocupaciones, alegrías, problemas y momentos importantes de la vida.
Ellos saben de mi vida y yo sé de la suya. Por eso, cuando pienso en Gambia, no pienso en una fotografía. Pienso en personas. Personas con nombre, con historia, con familia, con sueños y con problemas.
Gambia no es un escenario, no es un lugar al que llegamos para protagonizar una historia, es el hogar de personas a las que conocemos, queremos y respetamos.
Después de tantos años tengo algo muy claro: No vamos a Gambia a salvar a nadie, no somos mejores y no sabemos más.
No vamos allí a enseñarles cómo tienen que vivir ni a cambiar su cultura, su religión o sus costumbres. No vamos a decirles qué está bien y qué está mal según nuestra manera de entender el mundo.
Vamos a escuchar.
A conocer sus necesidades.
Y a intentar aportar aquello que podemos aportar. Porque ellos conocen su realidad mucho mejor que nosotros. Nosotros simplemente podemos tener recursos que allí faltan. Podemos conseguir material. Podemos movilizar a personas. Podemos conseguir financiación.
Podemos abrir puertas.
Pero eso no nos convierte en salvadores. Ayudar es algo muy concreto. Y muy humano.
A veces hablamos de solidaridad de una manera tan abstracta que parece que estemos hablando de algo lejano, pero la ayuda puede ser muy concreta.
En nuestro próximo viaje a Gambia llevaremos alrededor de 300 kilos de material fungible para hospitales. Material que se utiliza. Material que se acaba. Material que hace falta.
No vamos a sustituir a los médicos ni a los profesionales sanitarios. Vamos a facilitar que puedan hacer su trabajo.
También construimos bibliotecas y las llenamos de libros.
Construimos escuelas.
Ayudamos a construir gallineros.
Compramos gallinas.
Trabajamos sobre nutrición.
Son proyectos diferentes, pero tienen algo en común:
Responden a necesidades reales.
No estamos intentando transformar su forma de vida. Estamos intentando aportar recursos para mejorarla, respetando sus decisiones y su manera de vivir. Porque tener más recursos económicos no significa saber más sobre la vida de otra persona.
Y venir de Europa no significa conocer mejor que una comunidad africana cuáles son sus necesidades y su realidad.
Nosotros podemos aportar los recursos y ellos los utilizaran de la manera que tenga sentido para su comunidad.
Eso es, para mí, cooperación.
¿Y las fotografías? Sí. Hay fotografías. Por supuesto que las hay. Porque cuando viajas, fotografías. Fotografías de los lugares. De los proyectos. De las personas que conoces. De los momentos que vives.
Y sí, también hay fotografías con niños. Porque los niños forman parte de las comunidades con las que trabajamos.
Pero una fotografía no es el motivo por el que viajamos, sino es un recuerdo de lo que hemos vivido. Una imagen no puede contarte quince años de una relación ni las conversaciones que tenemos durante todo el año.
No puede enseñarte las cajas que se preparan, el material que se busca, los proyectos que se planifican o las decisiones que se toman cuando nadie está mirando. Una fotografía es una fotografía, no es una biografía.
Entonces, ¿dónde está el problema? Quizá la pregunta no debería ser si quien ayuda se siente bien. Quizá deberíamos preguntarnos cómo ayuda.
Si alguien llega a otro país pensando que tiene todas las respuestas, tenemos un problema. Si utiliza la pobreza de otras personas para sentirse superior, tenemos un problema. Si convierte a los niños en objetos de una historia que habla exclusivamente de él, tenemos un problema. Si impone su cultura, su religión o su forma de entender la vida, tenemos un problema. Si cree que una comunidad no puede hacer nada sin él, tenemos un problema.
Pero ayudar, respetar, comprometerse durante años y sentirse feliz por el resultado… no creo que sea un problema. Podemos ayudar y sentirnos felices. Creo que hemos confundido dos cosas.
Una cosa es hacer de la ayuda un instrumento para alimentar nuestro ego.
Y otra muy diferente es sentir satisfacción porque algo que has hecho ha servido para alguien.
¿Tenemos que sentirnos culpables?
A veces parece que, para demostrar que no somos “salvadores”, tenemos que sentirnos culpables por todo.
Por tener más.
Por poder viajar.
Por tener agua corriente.
Por tener electricidad.
Por poder volver a nuestra casa.
Pero yo no creo que la cooperación tenga que construirse desde la culpa.
Tiene que construirse desde el respeto y desde la responsabilidad.
Puedo reconocer que tengo posibilidades que otras personas no tienen y, precisamente por eso, decidir utilizarlas también para ayudar y eso no significa que sea mejor que nadie.Significa simplemente que puedo aportar algo.
Después de tantos años sería absurdo decir que nosotros solo hemos ido a dar. Gambia también nos ha dado muchísimo. Nos ha enseñado. Nos ha cambiado. Nos ha hecho mirar de otra manera cosas que antes dábamos por sentadas. Nos ha enseñado el valor de la comunidad. Nos ha enseñado que se puede vivir con mucho menos y seguir encontrando motivos para sonreír. Nos ha enseñado que no todo lo que tenemos nosotros es necesariamente mejor. Y que no todo lo que tienen ellos es peor. Son realidades diferentes Y en ese encuentro también aprendemos nosotros.
No quiero ser una salvadora y no quiero que nadie me necesite para sentirme importante. No quiero que una comunidad dependa de nosotros eternamente. No quiero llegar a un lugar y pensar que sin mí no podrían hacer nada. Quiero exactamente lo contrario.
Quiero que los proyectos puedan crecer.
Que las personas puedan utilizarlos.
Que los profesionales puedan hacer mejor su trabajo.
Que los niños puedan estudiar.
Que puedan leer.
Que las familias puedan mejorar su alimentación.
Y que algún día quizá no haga falta que nosotros llevemos aquello que hoy falta.
Ese sería nuestro mayor éxito.
Entonces, ¿por qué sigo yendo?
Porque puedo y porque quiero.
Porque llevo 15 años comprometida con un proyecto en un país en el que hay necesidades reales. Porque hay personas que trabajan allí cada día y que necesitan recursos que nosotros podemos conseguir relativamente fácil i ellos no. Porque tengo personas que considero familia con las que hablo casi a diario y que forman parte de mi vida. Y porque cuando tienes la posibilidad de hacer algo bueno, no creo que debas dejar de hacerlo por miedo a que alguien que no te conoce piense que tus motivos no son los adecuados.
¿Y cómo me siento cuando vuelvo a casa?
Quizá esta sea la parte más sencilla de responder. Si me preguntas cómo me siento después de volver de Gambia, te diré: Satisfecha del trabajo que se ha hecho. De haber conseguido llevar 300 kilos de material a un hospital. De haber llenado una biblioteca de libros. De haber ayudado a construir una escuela. De haber conseguido gallinas para una familia. De haber aportado nuestro pequeño granito de arena.
Pero también…
Triste de que sea necesario tener que hacerlo.
Triste de saber que hay hospitales que necesitan material que para nosotros puede parecer básico.
Triste de que haya niños que no tengan acceso a un libro.
Triste de que haya familias para las que conseguir determinados alimentos sea tan difícil.
Triste de saber que todavía hay tantas cosas que deberían estar al alcance de todos y no lo están.
Así que sí.
Vuelvo satisfecha. Pero no vuelvo pensando que hemos salvado a nadie.
Vuelvo sabiendo que simplemente hemos ayudado.
Y quizá esa sea la diferencia, no necesitamos sentirnos salvadores para sentirnos orgullosos del trabajo realizado. No necesitamos sentir culpa por sentirnos felices.
Podemos estar satisfechos por lo que hemos conseguido y, al mismo tiempo, desear profundamente que algún día ya no sea necesario hacerlo.
Porque el mejor día no será aquel en el que consigamos llevar más cajas.
Será el día en que ya no haga falta llevarlas y vayamos a Gambia a visitar a nuestros amigos.
Hasta entonces, seguiremos ayudando y compartiendo.
Con respeto.
Con compromiso.
Con cariño.
Y con la esperanza de que algún día nuestro trabajo deje de ser necesario. Porque quizá, al final, no se trata de quién salva a quién.
Se trata simplemente de personas ayudando a personas.





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