Mi experiencia como voluntaria de Alma solidaria en Gambia
- Lluc Rullan

- hace 4 días
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Nunca me había imaginado viajar a Gambia y, de hecho, ni siquiera sabía en qué punto exacto de África estaba situado el país hasta hace unos meses.
Pero ahora Gambia es casa, y lo será para siempre.
Después de más de 20 años de conocer a Rosa, en agosto de 2025 mi instagram me empezó a mostrar sus publicaciones recogiendo material médico y donaciones para comprar arroz en Gambia. Tenía confianza plena en ella e hice mi primera donación. Seguí el viaje de septiembre con mucha atención, cariño, admiración y deseo de estar también allí viviendo la experiencia.
De hecho, siempre cuento que viendo las imágenes mi alma ya estaba en ese país desconocido para mi. Así que cuando salió el viaje de febrero de 2026 me apunté sin dudarlo. Viajé allí con un pequeño grupo de ocho personas maravillosas que ya son familia. Por supuesto, con Rosa y con Sam al frente de todo cuidando cada detalle con mucho mimo.
Antes de ir no sabía absolutamente nada del país. Solo conocía su ubicación en el mapa. Rosa nos había dicho que no nos enseñaría la ruta y que no quería que buscáramos información antes del viaje. Quería que Gambia, su gente, sus costumbres, sus paisajes y las experiencias nos sorprendieran.

Y así fue. Nos sorprendió desde el primer día hasta el último. Un viaje intenso, lleno de emociones, tierra, polvo, cariño y sonrisas, que contrastan con un país donde las necesidades básicas no siempre están cubiertas.
La mayor parte de la población vive de la agricultura de subsistencia, la pesca, el cultivo del cacahuete y los oficios tradicionales. Y, por desgracia, también depende en gran medida de la cooperación internacional.
Con solo 48 horas allí ya parecía que llevábamos una semana, y empezamos a hacernos una idea de lo que sería Gambia: un ritmo pausado, una vida en comunidad y una conexión total con la naturaleza, compartiendo el espacio con los animales. Eso fue una de las cosas que más me gustó. Vacas, cabras, ovejas y gallinas pasean libremente por las calles, los patios, las escuelas e incluso por la playa. Todos conviven sin vallas ni barreras.
Sin embargo, esa belleza convive con una realidad muy dura: plásticos y residuos acumulados en los caminos y en los campos porque no existen contenedores ni servicios de recogida de basura.
Lo más impactante fue visitar un hospital y un centro sanitario rural. La infraestructura es extremadamente precaria: cristales rotos, camas viejas, telas de colores en lugar de sábanas y grandes salas donde se distribuyen los pacientes. Faltan médicos, falta material. Hay que verlo para entenderlo. Es imposible describirlo con palabras. Todos salimos de allí con los ojos llenos de lágrimas y el corazón encogido.
También hay que tener en cuenta que muchas personas viven en comunidades aisladas, donde las mujeres suelen dar a luz en casa, en construcciones de barro y paja. Si surge cualquier complicación, no tienen forma de llegar a un centro sanitario. De hecho, conocimos a una abuela que cuidaba de un bebé de un mes después de que su hija muriera durante el parto. Nos preguntó si teníamos leche en polvo para alimentarlo. Una sensación de impotencia absoluta.
Por eso, uno de los pilares de Alma Solidaria es llevar material médico y sanitario. Durante los meses previos al viaje recogemos medicamentos de todo tipo: paracetamol, ibuprofeno, antibióticos, medicación para el colesterol, la diabetes o los problemas respiratorios. También material de curas muy básico, como alcohol, yodo, vendas, tiritas o algodón. Resulta muy duro comprobar que no disponen de estos recursos y que una persona puede morir simplemente por no tener acceso a un antibiótico. En este viaje de febrero 2026 conseguimos transportar 260 kilos de material.
Otro de los grandes problemas es la alimentación. La base de la dieta es el arroz. Nosotros comíamos platos bastante completos, con arroz acompañado de un poco de pollo, cordero o pescado y verduras, pero ellos no. Comen arroz todos los días y la carne queda reservada para ocasiones especiales. Por eso, otro de los pilares de la ONG es comprar sacos de arroz gracias a las donaciones económicas. Este año adquirimos 300 kilos, que repartimos entre distintos poblados junto con grandes sacos de cebollas, un producto especialmente caro allí.
Se te pone la piel de gallina cuando llegas a un poblado y ves cómo las familias empiezan a salir de sus casas con un cuenco de acero inoxidable, sabiendo que alguna ONG les llevará arroz. Y no puedes evitar preguntarte: ¿cómo se puede vivir así? O mejor dicho, ¿cómo se puede sobrevivir?
Pero en uno de los pueblos que visitamos, nada más bajar de la furgoneta, una niña me cogió de la mano y me dijo: "Thank you". Nos recibieron con sonrisas, nos colocaron en círculo para bailar, hicimos juegos de magia que habíamos preparado... Y fue entonces cuando comprendí que no habíamos ido solo a ayudar, a dejar arroz y marcharnos. Habíamos ido a compartir y a estar con ellos. Y cuando nos despedimos, fuimos nosotros quienes dijimos "Yarama" (gracias en fula). Porque puedo decir que me llevé mucho más de este viaje de lo que yo llevé allí.

Esa alegría se multiplicó cuando visitamos la escuela que Alma Solidaria tiene en Saranyaga, un pequeño poblado rural. Es el principal proyecto de la ONG. Las aulas ya estaban construidas desde hacía años, y en cada viaje se incorporan nuevas mejoras: en septiembre se instalaron puertas, ventanas y pupitres; ahora la pintamos, y en el próximo viaje se completará la biblioteca.
A pesar de la intensidad del viaje, también hubo momentos para desconectar: espacios para compartir emociones, puestas de sol, paseos en barca entre manglares, avistamiento de hipopótamos y chimpancés o la visita a un barrio pesquero en plena actividad.
Mi cabeza y mi corazón están llenos de imágenes que permanecerán conmigo para siempre. Espero poder volver muy pronto porque está claro que volveré. Y animo a todo el mundo a vivir una experiencia como esta al menos una vez en la vida, para comprender lo afortunados que somos por tener una casa, electricidad, agua, ropa, alimentos, sanidad, educación, carreteras y servicios básicos. Ya no hablo de lujos, sino de necesidades esenciales que no deberían faltarle a nadie.





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